el último latido de una excusa

Dos poemas de Camellia Sinensis



sin matices

Nadie entiende la magnitud del aire.
El habla encendida que contiene el silencio,
la soledad salvaje de las plazas,
nadie entiende el vacío de mi tierra arrancada
el amor de los barcos zarpados al amanecer,
los cordeles atados a los árboles. Mi dolor de continente violado.
Nazco hoja entre el viento y me hago músculo sin piel,
animal sangrante en las orillas.
Pero acá nadie respira la edad del luto
ni el cielo de los hombres sin voz
que cantan a la justicia bordada de revoluciones.
Extendida en mi sombra demarco el territorio de los amuletos,
el posible inicio de la infancia
y las cuerdas vocales que construyen la música del barro.
Aún nadie entiende lo huérfana que soy
para llorar con nombre a mis muertos,
la facultad del exilio mojándome los pies en cada playa,
lo mudo de mi lengua para explicar el abandono.




sin mesura

Atrás dejo la noche que habitaba,
el giro del fuego traspasando vértebras.
Mi recorrido es de luz y pies mojados
de humedad construida en el país de los metales,
pequeñas lágrimas oxidadas antes de caer al mar.

Hablo porque de mi voz se inventa tu ausencia
y es lento el transcurrir de los días
la espera de la sal sobre la arena, el frío.
Hablo y adentro me creces, extiendes el cordón hasta cortarlo
hasta ser principio de hambre
en el pueblo solitario de mis orígenes.

Renazco en silencio para nombrarte y eres de maíz,
iniciado en este idioma de tierra que cargas en los hombros.
La brevedad de los amaneceres golpeando a tu vacío,
oculta desnudez es la carencia, haciéndome de agua.


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