el último latido de una excusa


Ella cogió el bloc de notas y empezó a escribir algo con el bolígrafo. Lo movía despacio, pero sin titubear ni detenerse un instante. Mientras tanto, con la mejilla apoyada en la palma de la mano, él contemplaba las largas pestañas de la mujer. Ella parpadeaba, a intervalos irregulares, una vez cada tantos segundos. Contemplando sus pestañas - aquellas pestañas que poco antes habían estado anegadas en lágrimas -, se lo preguntó una vez más: " Qué sentido tiene acostarme con ella? ". Le asaltó un extraño sentido de pérdida, como si una parte de un complejo sistema se hubiera convertido en algo terriblemente simple. "Si sigo así, quizá ya no vuelva a ser capaz de ir a ninguna parte", pensó. Y se sintió paralizado por el terror. Tuvo la sensación de que su propio yo iba a deshacerse. Sí, él era joven como el barro recién formado y hablaba a solas como si recitara un poema.



Durante unos instantes permanecieron en silencio. Sobre la mesa, el café seguía enfriándose,perdiendo su transparencia. La tierra giraba sobre su eje, la luna alteraba de forma secreta la fuerza de la gravedad y decidía las mareas. en medio del silencio, el tiempo transcurría y los trenes pasaban de largo.
El y ella pensaban en lo mismo. En un avión.




Poco después ella volvió a echarse a llorar. Era la primera vez que lloraba dos veces en un mismo día. Y la última. Para ella fue algo excepcional. Él alargó el brazo por encima de la mesa y le acarició el pelo. El tacto le pareció terriblemente real. Duro, liso y lejano, como la vida misma.
Él piensa: " Sí, en aquella época, yo hablaba a solas como si estuviera recitando un poema




De Avión... o cómo hablaba él a solas como si recitara un poema


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