
Releyendo “Lo que no se ha dicho”… de Teresa Wilms
Debo retroceder hacia la infancia de los siete a ocho años para encontrar el recuerdo de mi primer contacto inmaterial con Teresa Wilms Montt. Mi madre charlaba suavemente con una dama, su pariente, y sus voces ahuyentaban aquella angustia infantil del anochecer que ya sobrevenía. Al pronto mi atención se fija intensa en lo que mi madre dice: “…el matrimonio Balmaceda Wilms habitó los altos. Ella, muy bonita. Con frecuencia se les oía hacer música (¿pronunció mi madre la palabra cantar?) pero aquello no siempre terminaba bien”. Mi madre alza la cabeza y como atrayendo la imagen evocadora, continúa: “Parecía ser una gran romántica; desde el fondo de casa podía vérsela horas y horas sentada en la terraza, los ojos tendidos y fijos en quizá qué lejanías… ahora se ha publicado ese libro”.
A partir de entonces la figura de la lejana mujer fue una imagen ensoñadoramente perfilada, casi como hecha de un puro humo azul. Pasaron cuatro o cinco años, tal vez, y ya despierta la inclinación apasionante hacia el mundo de los libros, un día, en un lugar furtivo, cayó en mis manos aquél que contenía la elegía de su vida: “Lo que no se ha dicho…” Lo leí con temor, pareciéndome vagamente que a la par que sustraía el libro me asomaba a un vedado confesionario. Comprendí confusamente; ella, más que hechos, hablaba de cosas por mí desconocidas. Y la ya vagorosa imagen adquirió una total calidad de criatura lejana e irreal y sus propias palabras la envolvieron con tonalidades místicas: “Soy yo, Teresa de la Cruz”.
Y bien, cinco lustros han transcurrido y he aquí que las circunstancias me han dejado sola en una vieja casa cuya biblioteca ofrece sorpresas deliciosas. Y ayer, por segunda vez el libro de Teresa Wilms Montt se abrió, inesperado, entre mis manos. En la portada, ella: dos claros, inmensos ojos translúcidos como esas aguas que hiere la luz entre las rocas; los labios dan la inmediata convicción de su colorido violento; su postura, la de quien sueña, siente, piensa y absorbe belleza. Lo leí entero.
No es el libro literario o rico de las bellezas cromáticas. No. Y por eso, poco a poco, fue surgiendo una similitud. Sin parecerse en absoluto en su esencia a la producción lawrenciana, la recuerda porque allí está la forma que arranca de la pura cosa emocional, sensorial, de estética intuitiva; es decir, es el curioso estilo resultante de la falta de estilo. Un dolor cuya raíz honda está en ella misma por ser lo que fue, y que la vida se encarga luego de hacer punzante por real, atraviesa las páginas todas como la gran frase central de una inspiración sinfónica. Ella no pule y falta de dedicación literaria se hace más notoria cuando intenta la creación novelística; pero he aquí que al captar uno su ninguna pretensión de realizarla, pasa por alto, sin negaciones, sobre el obstáculo y continúa el oído atento a la eufonía neta que se eleva de su elegíaco canto.
En cierta evocación de Oscar Castro, Alone decía: “la apariencia física estorba; no sólo intercepta, sino desvía la mirada, distrae el pensamiento por mil asociaciones que hablan simultáneamente…”. Verdad. Hoy yo leo las palabras dichas por alguien que no conoceré jamás, y por eso –aunque sabiendo, es verdad, que fue bella- puedo libremente modelarla, afinando la imagen que antaño la invocación de mi madre dibujara ante mí. Y entonces la fantasía crea una suerte de unificada plasticidad entre su impronta humana y los rasgos espirituales que fijó en su libro. Ella giró alrededor de su tremendo círculo: la inquietud congénita que la lanzaba hacia lo atormentado y lo intenso, y lo intenso y torturado que alimentaba aquella inquietud vibrante. Esta vivencia, que hace lo virtual de su ser, la mantiene en la rebusca de su alma: “mi alma es una flecha de oro perdida en un charco de fango”. Solitaria hasta la desolación sin vuelta, decía con sencillez queda: “En este mundo somos huérfanos de amor mi ser y mis cosas… qué huérfanos mudos somos mis cosas y yo!”. Su poesía, por instantes, es de una humildad tal que emociona y se la ama: “El beso que te envío ¡Oh, tierra! No manchará tu misterio ni romperá el velo de tu dulce virginidad”. Y se torna ligerísima: “Pasar como un pájaro dejando sólo el recuerdo de su vuelo”.
Así, se puede seguir espigando abundantemente aquí y allá. “Vivir con las cosas vírgenes que los seres vulgares no han penetrado; vivir plenamente en la belleza guardando la castidad del pensamiento…”. “Allá abajo, en el estanque, los gnomos y las hadas hacían coro a los sapitos que rezaban el rosario”. Pero no vale el libro sólo en medida de selección; su conjunto deja vibrando la voz torturada de un ser doliente, solitario, aspirante, sensual y dulce. Y por sobre ello aún sobrecoge el valor, heroico entre todos, de quien osó desafiar a la sociedad y su medio, a esa sociedad y ese medio que perdonaban la crueldad bajo la sonrisa pero que tomaba como afrenta el gran rasgo de libertad de una mujer artista que se atrevía a declarar: “no tengo espíritu doméstico, no puedo...”. No podía, en efecto, perpetuar una vida de apariencias. Y partió. Pero la persiguió hasta el final la condena de los airados. Y la tristeza de haber sido mujer al margen de los usos, de no haber logrado coincidencia con los que la amaron – Anuarí logra despertarla sólo con su muerte- de llevar siempre el maternal regazo vacío, de recorrer caminos en busca de lo que no llegó jamás, la doblegaron… Teresa Wilms Montt se mató.
En la silenciosa noche he podido evocar la existencia trágica de una escritora que fue; alzo su libro que vuelve a ocupar el hueco entre los otros y así, oculto en si, le miro y pienso por qué tanto olvido ha caído sobre sus páginas amargas.
Te ofrendo, in memorian, esta voz sobre el silencio de los años, Teresa de la Cruz.
María Carolina Geel*
[Artículo rescatado de la Revista Atenea nº 285, año 1949, Santiago de Chile]
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