el último latido de una excusa

de Natasha Tiniacos

Llegó la hora
de estirar los huesos
de decir adiós
de rasgar las paredes
de convertirme en tórtola sin destino.
Llegó la hora de tragar espejos
de sorber mi sangre
de levantar los brazos
de atajar a Dios.
Llegó la hora de mirarme a los ojos
de llorar la incandescencia
de encontrarme
redescubrirme
y saber
finalmente
que sólo soy una bala perdida


pag. 11 de Mujer a fuego lento

2 comentarios:

mariposasalvuelo dijo...

Heeyyy tuuu, amiiigaaa... mujer de a fuego lento, hace tanto que no venía. TE EXTRAÑÉ.
Me encantó este poema. Buscaré más de esta autora.

Abril dijo...

valeeeeeeee!!!! mi madrinaaaa lindaaaa !!!! YO A TI

Esta niña es venezolana, muy joven, acá te dejo otro


Monólogo Interior de un hidratante

Ni el perro que diariamente se inclina

sobre mi costado frío, se molesta

en olerme cuando inundo la calle.

Los carros no se detienen,

no les inmuta el flujo de la cosa ésta

que sueña con la piel y la sustancia.

Pierdo la confianza física,

la frondosidad de mi ser metálico

y me diluyo,

me desahogo

enviudando la acera,

pues nadie se acerca, en fin,

a consolar mi llanto

que es como todos los llantos:

torrente contra el fuego.


un abrazote