
Detrás de su silencio habitan las razones del llanto,
porque cuando sonríe cuenta con los dedos
cada inicio en el historial de la tristeza.
Calla y en su vestido crecen flores,
yo hago que no la veo y sigo sentado mirando al vacío,
pero se estrechan mis pulmones
cuando la oigo llorar.
Fijo la vista al suelo, para disimular la pobreza que tengo
a la hora de decir algo apropiado,
entonces pasa lento el reloj
y lo único que sé hacer es abrazarla,
abrazarla hasta que mis huesos
se entibien con el roce de los suyos.
Ella viste el vestido amarillo,
el que siempre le saco para hacer de su desnudez un amuleto
una luz que se expanda sobre el planeta,
para hacer del infinito una palabra que exista en el diccionario.
Nada vuelve a ser igual, después de vestirla sólo con mis ojos,
aunque su vestido amarillo sea mapa de tesoros imaginarios
que no existen en Taj Mahal ni en el canal Playboy,
es que tocarla no es tener mariposas en el estómago
porque tocarla es tener mariposas haciendo el amor adentro del estómago.
Yo tomo de cada parte de su cuerpo una fotografía mental,
para cuando aceche el frío y no la tenga,
cuando ella se lleve al sol
y lo luminoso de su vestido amarillo.
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